lunes, 13 de octubre de 2008

palabras, siempre

Me preocupan las palabras. Si ejerciera mi profesión de periodista diría que vivo de ellas, pero no es el caso. Lo que no quita para que me sigan preocupando, no tanto ellas como la perversión sistemática de sus significados. Nada es ya como se dice que es. Todas las palabras, las importantes y las del montón, van adquiriendo poco a poco, con cierta insidia, significados bastardos que hacen difícil entenderse y complicado dialogar. Cuando Fedeguico habla de libertad, sé que se refiere a otra cosa. Cuando en la Bolsa esgrimen regulación, debo entender que hablan de mantener sus beneficios. Cuando una patera se hunde, la prensa habla de ilegales o de inmigrantes clandestinos, pero no dice náufragos. Así hasta el millón, o más, las palabras han abandonado su fidelidad al diccionario y se ofrecen como putas al mejor postor para cambiarse de bando. O a lo mejor es que hay demasiados que prostituyen las palabras y a las pobres las hemos dejado indefensas, al pairo de una sociedad que las usa para engañar a través de ellas. Sí, debe ser por eso que andan las pobres enfermas y acomplejadas. No es extraño encontrarte con una paz envejecida cuya zeta es el cabestrillo en que reposa sus heridos miembros. El otro día me crucé con ella en mi paseo mientras contemplaba el daño que hace el agua en una playa, valiente pero aparente contradicción que ilustro aquí al lado. Me pareció una metáfora de lo que os estoy diciendo, por eso no me importó en absoluto que la pobre, ensimismada, ignorara mi respetuoso saludo. El agua de la lluvia, mensajera de ese destrozo de la naturaleza que llaman cambio climático, ocupa sus lugares y da por fluir por donde solía, sin aceptar que en medio de su espacio natural alguien haya construido un muro, un adosado o una carretera. Llegado el caso, se lo lleva por delante y santas pascuas. Rezo a mi dios inexistente para que no tarden mucho las palabras en hacer lo mismo con cuanto han construido a sus espaldas.

Lo escribe mucho mejor que yo García Montero entre las bárbaras inquietudes que le estoy leyendo, pero ya lo anunciaba en la segunda mitad del XVIII otro listo ilustre, el gaditano José Cadalso. Leo a García Montero pero no en su supuesto fuerte, que es la poesía, sino en su escribir comprometido con la realidad de la actualidad, que también rima. Debe ser como yo, un pesimista ilusionado, o yo como él, vete a saber. Cadalso murió joven pero dejó tras de sí varias joyas de enorme ingenio y largo alcance. Juro que se le lee como si fuera literatura contemporánea. Cuenta en una de sus Cartas marruecas que anduvo don Nuño tan preocupado ya entonces por lo que aquí hablamos que se proponía escribir un diccionario con los significados reales de las palabras. Lo escribía así: "Mi ánimo es el publicar lisa y llanamente el sentido primitivo, genuino y real de cada voz, y el abuso que de ella se ha hecho, o sea, su sentido abusivo en el trato civil. -¿Y para qué se toma ese trabajo? -me dice un señorito, mirándose los encajes de la vuelta. -Para que nadie se engañe -respondí yo, mirándole cara a cara-, como yo me he engañado, por creer que los verbos amar, servir, favorecer, estimar y otros tales no tienen más que un sentido, siendo así que tienen tantos que no hay guarismo que alcance". Podéis leerlo íntegro en la carta VIII reproducida en esta maravillosa página en la que os recomiendo, por otra parte, bucear a destajo.

No lo lamentaréis.

3 comentarios:

RGAlmazán dijo...

Don Antonio un tema interesante y muy bien explicado. Ya no sirve decir sólo Me queda la palabra como dijo Blas de Otero, ahora hay que cuidar además de que no la cambien el significado.

Salud y República

oyana dijo...

No tengo tiempo ahora de leerme las cartas, pero me las voy a leer. Trabajo con la palabra y creo que la palabra es muy importante. Lacan decía que el inconsciente está estructurado como un lenguaje. A través de la palabra transmitimos nuestros pensamientos, nos comunicamos y nos relacionamos. Hay un libro, muy denso, de un psicoanalista, cuyo nombre no recuerdo en este momento -quizá se llame Alzheimer- que en un capítulo habla del sentido antitético de las palabras primitivas y dice, que en lenguajes muy primitivos, un mismo vocablo podía servir para hacer el amor o para hacer la guerra.
Tenemos miles de juegos de palabras y palabras que, según donde estén o dónde lleven el acento, significan una cosa u otra (he reñido a un hostelero. ¿Por qué? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? Porque donde cuando como sirven mal, me desespero...). Pero luego está la perversión de las palabras, cómo las prostituimos, lo políticamente correcto y las maneras de hablar. Y de eso no tienen la culpa las palabras, sino quién las dice. Hemos llegado a un grado de cinismo que sobrepasa lo ético en muchas ocasiones.
A mí también me preocupan las palabras.
Me gustan las palabras para Julia, de goytisolo:
...Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.

Perdóname, no sé decirte
nada más, pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.
Qué interesante post y que bien manejas las palabras.
Un beso

Más claro, agua dijo...

El dardo en la palabra... Amigo Antonio, lo has clavado ;-)