viernes, 15 de marzo de 2013

el potro


Esta misma mañana de jueves trasparente -como hacía meses que no se veía uno por aquí-, me han subido traicioneros al potro de tortura y han expuesto al público espectáculo lo escasamente opíparo de mis carnes, el sector menos exportable de mi anatomía. Desde lo alto de una incómoda camilla, iluminado por luces y calores de lámparas de nombres raros y usos todavía más alambicados, he acusado a al menos una docenas de seres apresurados de colocarme electrodos, pincharme un par de vías, colocarme de través una máscara por la que soplaban efluvios frescos e inodoros, como si fueran los siete enanitos del cuento mientras una Blancanieves con bigote se empeñaba en alzar mis piernas desnudas hasta estribarlas en dos férulas negras instaladas al efecto a ambos lados de mis bajos, bien abiertas en un ángulo inverosímil con el sádico objetivo, sin duda, de mantener el centro de sus atenciones más desnudo y oferente de lo que haya estado, que yo recuerde, en su vida.

Esta misma mañana he comprendido en carne propia, hasta la saciedad y más allá la vejación moral y la genuina tortura, como poco formal o estética, a la que se someten tan a menudo nuestras mujeres cada vez que ese especialista con título de ginecólogo y aires de sumo sacerdote de un vudú moderno y cruel deja al desnudo sus intimidades y las invade con fines escasamente confesables y excusas a menudo ininteligibles.

Esta misma mañana he aprendido en mis adoloridas carnes a querer y respetar y adorar un poco más si cupiera a cuantas hembras mujeres me rodean todos los días con esos aires de no haber roto en su vida un plato y miradas transparentes de inocencia, cuando tan a menudo dan irrefutables pruebas de esconder en su tan suave seno la valentía y fortaleza de auténticas Agustinas.

Mis estoicas y discretas heroínas.

(Columna publicada en Rota Información de fecha 15 de marzo 2013)