viernes, 2 de agosto de 2013

¡ búsquese una ambulancia !

Cuando me lo contaron (¿o este escrito se supone que era autobiográfico, vaya usted a saber?) no me lo podía creer. Inaudito. Un amigo, también postrado en el lecho del dolor por circunstancias similares a las que me aquejan, me llamaba anteanoche indignado. “Que te lo juro, Antonio, que me dijo exactamente esas palabras”. Aclaremos ahora y de una vez por todas el valor exclusivamente metafórico de la frasecita previa (postrado en...), para evitar alarmas y suspicacias, que a la medicina moderna se le da realmente bien inventar medicamentos que refuerzan el ala paliativa de cada tratamiento, antes de proseguir con el relato que hoy ocupa nuestros quehaceres...

        No me lo puedo creer, terciaba y me reiteraba yo, en un absurdo y bienpensante afán contemporizador que no sé de dónde ha salido y apenas le hace justicia a mi trayectoria reivindicativa...

A mi amigo, le tenían que hacer unas pruebas de esas nucleares y le llamaron de un hospital de otra provincia andaluza cercana al que alguien la habría derivado para darle cita, dando por hecho que el traslado a sus instalaciones lo resolvería por su cuenta. Cuando la apresurada interlocutora telefónica terminó su diatriba de ayunos, abstinencias y recomendaciones tan variadas como necesarias, traspasándole –de paso, digo yo- responsabilidades sin escrito alguno que pudiera demostrar derecho o error, pudo mi amigo meter baza y hacerle a la doña la pregunta del millón: 

              -  Perdone, pero es que su ciudad me queda bastante lejos. ¿Tengo derecho a solicitar que me trasladen en ambulancia?
       - Pero ¿es que no tiene usted a nadie que le pueda traer? – se escuchó responder, sin dar crédito a lo que escuchaba.
-                        -  Disculpe, pero le estoy preguntando por un derecho, no por el sentido y alcance de mis solidaridades.
-                        - Ya, pero ¿es que no puede usted encontrar a nadie que le traiga?, insistió aquella voz, con cierto deje de menosprecio ante tamaña inutilidad. Es que, si le traen en ambulancia, la cita que le he dado no sirve, porque las ambulancias entran temprano.
-                        - Y qué quiere usted que yo le haga, señorita, pero su ciudad está lejos y dudo que pueda comprometer a alguien para este desplazamiento. ¿Me manda usted la ambulancia? 
              - No, yo le llamaré para cambiar la cita, pero nosotros no nos ocupamos de las ambulancias.


¿Diálogo para besugos? Ni mucho menos. Solo y si acaso, la razón por la que esta entrada de hoy culmina como empieza.

¡Búsquese una ambulancia..., so enfermo!