martes, 28 de abril de 2009

refundación

Me sucedió hace unos días, por la mañana temprano. Eran las siete y media. Un sol apenas horizontal atravesaba los ventanales, mientras el mar rugía los postreros coletazos de una noche bravía de viento y marea. Tras tomar el primer sorbo del café de arranque de actividades, me acerqué a la cristalera de la terraza haciendo equilibrios con la taza, las tres pastillas de cada alborada en la otra mano para tomármelas a la vez, como hago siempre, mirando el paisaje. Nada de entre tanto gesto habitual presagiaba el cataclismo que se iba a producir súbitamente instantes después. Entonces, ocurrió.

Con una claridad insoportable, supe, en un instante, que mi vida en este lugar carecía de coherencia. Que la estaba viviendo hasta ese mismo entonces sin naturalidad, sin espontaneidad, sin alegría, ajeno a la realidad que yo mismo me había fabricado, sin embargo, hace más de un año cuando cerré la tienda y me vine al sur tras los pasos de mi amada. En un pispás comprendí que llevo todo este tiempo viviendo aquí como si estuviera allí, lo que resulta aberrante además de francamente estúpido. La idea se presentó de repente, sin previo aviso, como suele suceder con los pensamientos trascendentales. De sopetón se te viene encima lo gordo para, instantes después, cuando todavía no te has recuperado del fulgor del rayo de su evidencia, desconcertado e inerme, irse desgranando en razones que pretendías ignorar y verdades en las que no habías querido reparar, insidiosamente reveladas irrefutables de golpe y porrazo. Pocas veces en mi vida se me ha hecho patente una realidad con tanta evidencia.

Hasta ese mismo instante, desde el comienzo de este mi exilio tan voluntario como definitivo, he dedicado cada mañana, sin reparar en otra cosa, a leer las noticias en toda la prensa nacional ante la misma pantalla frente a la que ahora escribo esto y a paladear críticamente las opiniones de los columnistas hasta aislar un tema de mi particular interés, a rebuscar luego al acopio de datos, (impasse para leer el correo), para anotar de seguido informaciones, contrastarlas y pergeñar un comienzo antes de, con el criterio claro y un mínimo esquema en mente, proceder a escribirlo hasta descubrir que se me escapaba un elemento esencial, perseguirlo canino por la red, confirmarlo, integrarlo en lo ya escrito, argumentar, darle una salida, buscar enseguida la ilustración adecuada, tirar de photoshop cuando hace falta y publicarlo al fin en esta página tres o cuatro horas después de haber empezado el proceso... Otras veces, cuando no encontraba nada nuevo ni original que llevarme a la boca, he rumiado mi fracaso por no publicar (tras haberle dedicado a la intentona, eso sí, algún par de horas hasta desembocar en esa amarga evidencia), leyendo relatos ajenos, repasando los blogs de los amigos o viendo tetas y culos cibernéticos para desterrar la frustración del impotente.

Para entonces, ya la vida de mi alrededor llevaba horas pasando por mi lado sin percibir yo constancia alguna de ello y se acercaba la hora de preparar la comida, ella o yo, e iniciar esa parte de la rutina.

Se acabó. Estoy aquí, ya soy de aquí, vivo aquí. Me debo y le debo a este lugar respirar el aire de sus mañanitas, pasear temprano sus vericuetos, hacer la compra a pata en los colmados y tiendas, huir del súper, olvidar el coche, aprender a diferenciar quién vende el pescado más fresco, el pan más rico, las hortalizas apenas arrancadas de la tierra, los huevos más recientes, dónde paran las tenderas más divertidas, los tenderos más sabios y fiables, o al revés... Integrar mi vida con el entorno que he elegido, saludar a los ancianos que se caen de la cama de madrugada y se tiran a la calle como voy a hacer, tomarme un café con churros o su media tostada con jamón a su lado, escucharles y charlar con ellos en cuanto se dejen. Sacarle provecho a las monedillas, encontrar lo mejor, más bueno y barato. Buscar amiguetes para mariscar con ellos cuando las mareas bajas, o regar y cavar un poco en sus pequeños huertos de supervivencia, o echar un pito sentados al sol aunque haga fresco. Que nos inviten a sus festejos. Ir al fútbol de Primera regional autonómica. Saber el nombre de los jugadores locales. Que nos saluden los vecinos por las calles, y saludarles con educación y elegancia. Conocer la vida y milagros de quienes nos rodean. Dejar de vivir el pueblo como si no existiera. Hablar con todos. Pasear por la playa, al borde del mar, de la mano con mi chica, por disfrutar más que por deporte. Curtir la piel. Bajar barriga sin darme cuenta. Cambiar las cenas por un té tardío. No estar tanto tiempo sentado. Hacer cosas, ir a las romerías, al teatro local y alguna noche a los conciertos de la sala alternativa, que tenemos de todo. Doctorarnos en el mercadillo de los miércoles. Saber cuándo van a traer camarones saltarines para marcarnos unas tortillitas con su perejil y su harina de garbanzos o quién tiene las mejores gangas.

Esas han de ser mis mañanas, tal mi vida de aquí en adelante. Alguna tarde, cuando tenga algo interesante que decir, me sentaré a escribir una entrada para este blog. Sé que, de vez en cuando, algunos seguiréis pasando por aquí a mirar por mi ventana. A los que no vuelvan, decirles que estoy encantado de haberles conocido.

Mientras, los unos y los otros podréis suponer que soy feliz en la ausencia.

9 comentarios:

Gontzal dijo...

Impresionante documento. Que sea usted más feliz con la refundación y seguiré a la espera de la inspiración, aunque sea menos frecuente.

Y espero leer sus opiniones futboleras en el blog del amigo Latxaga. Al menos la de la final de Copa contra el Barça.

Un saludo cordial,

Anónimo dijo...

ya sabes los dichos de antes uno es de donde pace no de donde nace procura tener todo controlado asi no me perdere nada de esa tu tierra TITO

Adrian Vogel dijo...

Ambas vidas son compatibles. Lo sé por experiencía propia.

moderrunner dijo...

Felicidades por todo, por su cataclismo por contarlo así, tan bonito.

Saludos

Grendel dijo...

Vamos, que está el veranito ya está aquí y una cervecita y el pescaíto frito no se lo quita ni dios, jeje.
Pero no todo es trigo limpio en el pueblo! Seguro que no! ¿Qué estará haciendo ahora mismo el alcalde? ¿Qué turbios asuntos maneja el concejal de urbanismo? ¿Dónde se comen las mejores bravas?

Antón Abad dijo...

"...Fui condenado a 20 años de aburrimiento por tratar de cambiar el sistema desde dentro...!
Veo muy apropiada la música que ha escogido maese Piera; me parece muy acertada asimismo, la refundación, pero no olvide que la cabra tira al monte, y estaré feliz de verle, aunque más espaciadamente, por aquí.
Mi natural es solitario, aunque ejerzo la misma amabilidad y buena disposición que menciona cuando incidentalmente toca. Soy de los que sostienen que nada cuesta dar una pincelada amable a la vida, y pongo todo mi empeño en ello, advirtiendo al mismo tiempo que mi cercanía afable, es un hecho que dosifico a rajatabla por una imperiosa necesidad de estar solo una buena parte del tiempo. Me debo a los abejarucos; a la visión de las montañas en la lejanía y a las tareas domésticas o gestas de bricolaje que acabarán en chapuza tras el entusiasmo inicial, cándido ante las implacables leyes de la física y la mecánica.
Me alegro mucho por Ud. amigo mío; bienvenido al club de los esporádicos de la pluma.

Gustavo dijo...

Yo soy avisado por correo cuando escribes algo, así que no suelo perderme nada.
Ya veo que a ti también te toca este toque en las ingles sentimentales que suele azotar con la llegada de primavera y de verano: esa guantá que te hace sentirte inútil. Aunque a lo mejor me equivoco y estoy proyectando sobre ti cosas mías.
Pero te voy a conceder un honor, ya que estoy aquí. Benedicto me ha informado, a mí y a unos cuantos más, que José Afonso va a tener una plaza en Santiago.

Beatriz/ oyana dijo...

Encontrarle sentido a la vida es algo que parece sencillo pero que no lo es. Vivir no es consumir el tiempo sin darnos cuenta; vivir es sentir la vida, sentirse vivo y vivir como uno quiere. Y eso es tremendamente difícil.
La vida se nos pasa casi sin darnos cuenta, por eso los cataclismos, cuando ocurren,nos reorganizan y nos ayudan a autogestionarnos, a tomar conciencia y a cambiar.
Enhorabuena y que dure.
Un beso

David dijo...

Estás hecho un bohemio, pero no me extraña con ese pueblo y esos planes que propones.
Este parece un buen momento para refundarse.

Oye, cuídate.