viernes, 10 de mayo de 2013

África


Volví a verla ayer, después de nueve meses apenas interrumpidos por dos o tres breves reencuentros en las calles de Rota, a lomos de su madre o bien abrigada en su carrito de bebé este invierno recién pasado. ¿No os lo había dicho? África no es un continente. África es una niña regordeta y vital que lo abarca todo con sus ojos profundos mientras gorjea sonidos alegres e ininteligibles, que a mí me suenan a divertidas amenazas. “Preparaos, que voy”, me parece que masculla antes de aferrarse al pecho de su madre para aspirar de ella la vida.

Desde el día en que nació, a finales de verano, tengo guardado para ella un regalo que no le he dado y que, probablemente tal y cómo van las cosas, nunca le daré. Aquella tarde, bajé al estanco y compré todos los periódicos y revistas del día que tenían, a lo que añadí alguna “pincelada” de época en forma de publicaciones sin fecha que pudieran contribuir a entender, dentro de quince o veinte años, cómo era la realidad española en la que acababa involuntariamente de aterrizar.

La idea se me ocurrió hace tiempo y es éste un regalo que administro con cuidado y que, en casa, hacemos con cuentagotas, tras sesudo debate con mi compañera hasta decidir si el entorno del recién nacido le sabrá preparar para apreciar y entender esta especie de espejo de su pequeña historia y valorar la manera en que se insertó en esa realidad.

Ahora que ya son varios los destinatarios que han cumplido edad suficiente como para abrir sus regalos, la información que me llega de esas tan privadas ceremonias me reconforta. En todos los casos han sido motivo de plena satisfacción y hasta de amagos de gratitud. Como espero ocurra con África pese a que tendrá que leer que aquí, cuando nació, abrieron un MacDonalds.