lunes, 18 de diciembre de 2006

Ya están aquí los fantasmas

Hace poco que hemos sacado un CD recordatorio o recopilatorio, no lo sé muy bien, con todos los temas que grabamos tanto Las Madres del Cordero como Desde Santurce a Bilbao Blues Band.
Pardo y su bien hallada Rama Lama Music han sido los culpables de ese desaguisado. Para su presentación pública escribí un pedazo de texto del que me siento todavía plenamente responsable y por eso lo reproduzco aquí, porque curiosamente adolece del mismo tono que este blog nuestro. Disfrutadlo con salud.
Nunca he sido partidario de contar en público historias biográficas de la militancia antifranquista, porque todas tienen un regusto de abuelo Cebolleta y un trasfondo de factura impagada, y porque ambas son formas de proceder de las que huyo como de la peste, las primeras porque te aviejan más aún y las otras, tan comunes entre tantos necesitados de currículo, porque envilecen. Pero me resulta imposible resistirme hoy al anecdotario evocador, que tiene otras tripas y a veces hasta divertidas, y por eso escribo esto, porque tampoco han pasado tantos años, ¡qué coño!, de cuando nos acechaban los sociales y nos perseguían los grises o los civiles, y me fastidia que todo el mundo se empeñe en olvidarlo como si hubiera ocurrido en la noche de los tiempos, más o menos coetáneo con el diluvio universal.
En los años 68 y 69 de aquella era, las Madres éramos un grupo de amigos y conocidos con abundantes y prolijas convicciones revolucionarias, antifascistas, republicanas y antiimperialistas (¡toma ya, lo dije!), algunos de los cuales incluso militantes en organizaciones clandestinas, y que hasta acogía en sus filas dignos representantes del revisionismo, en extraordinario alarde de heterodoxia que no siempre comprendían bien nuestros superiores jerárquicos. Hasta debo decir que algunos estuvimos en la creación y desarrollo de una asociación ultraizquierdista llamada Unión Popular de Artistas (UPA), que alcanzó cierto protagonismo en el sector. No era la disciplina ciega nuestra virtud más destacada, aunque sí nos animaban la utópica convicción de que aquello servía para algo, la certeza de que había que hacer algo y la necesidad biológica de acabar con Franco padre o con algo, vaya usted a saber, de lo que no nos gustaba nada, que era mucho.
Profundas y muy concretas convicciones, como puede observarse, pero que, aunque parezca mentira, nos colocaban de oficio en la vanguardia radical de una sociedad ciertamente adocenada (para nosotros aborregada, que por eso éramos radicales), que asumía el franquismo como mal menor, en la que las mujeres seguían necesitando el permiso de sus maridos para sacarse el carnet de conducir o abrir cuenta en un banco, y en la que el fútbol, los toros y la música yeyé actuaban como bálsamo o cataplasma.
Todos pagamos por ello, en mayor o menor medida, tanto como grupo perseguido, censurado y agobiado, de trayectoria preñada de prohibiciones, como individualmente, ya que algunos pasamos de los lóbregos calabozos de la Dirección General de Seguridad, a la cárcel de Carabanchel (menos mal que estaba Chicho, lo que ayudaba mucho, sobre todo a los demás), a la de Jaén, al batallón disciplinario de Plasencia o al dorado champán del exilio en París a tiempo de ver a los comuneros zamoranos de Agustín en La Boule d’Or.
No era para tanto, se dirá sin duda el que escuche ahora nuestras canciones de entonces, pero el caso es que sí lo fue, aparente contrasentido cuyos principales aliados eran la absoluta falta de sentido del humor de los estirados próceres de una patria soberbia y estúpida, la cerril obediencia de sus testaferros bobos, censores o policías, la necedad de los militares, el miedo de los que iban a heredar el sistema y la desconfianza de los que gestaban la platajunta escondiendo sus concesiones. A todos ellos les doy las gracias, en grupo y uno a uno si hiciera falta, porque sin ellos no me habría divertido tanto, ni me hubiera podido creer que era Robin Hood.
Las Madres del Cordero reivindican ahora un lugar al sol, en una esquina, desde el que puedan seguir observando el mundo de alrededor y sonriendo ante lo que ven por la comisura de los ojos. Amen.

Por cierto, el título de esta entrada coincide (no diré que inadvertidamente) con el de una canción de Luis Eduardo Aute que cantábamos Las Madres por aquel entonces

3 comentarios:

Superantipatico dijo...

Muy buenos los de la madre del Cordeno, sí señor. Podías colgar algunas canciones en el blog. Y no me llames cobardica, capullo, que sí, soy yo, el torero.

Anónimo dijo...

Me acabas de dar una idea con lo de las canciones. Incluso algún archivo sonoro. Veremos si sé cómo hacerlo. Llamarte capullo era para que supieras que te había identificado y provocar tu salida del armario.

Ana Maria Moscat dijo...

Muy buen block antonio.....me he alegrado mucho de reencontrarte por aqui.


ana